La secta en la que una mujer se cree Cristo

‘Cristo’ habla con acento caribeño, con voz de comercial y luce como un personaje de telenovela. Tiene el cabello castaño e impecable. Usa trajes de sastre y se dirige a sus seguidores mediante una transmisión satelital que llega a veintiún países de América y Europa, incluido Ecuador. Lo hace desde Houston, cada domingo a las cuatro de la tarde.

Aquí no hay misticismos, velas, crucifijos, túnicas, estatuas ni nada que apele a una religiosidad tradicional. Desde un estudio de televisión, ‘Cristo’ habla. Su imagen aparece sobre un fondo de sobrios azules y grises, parecidos a los de un noticiario. “Lisbet, el pueblo presta atención, mi mente se transformó, tú eres el galardón”, reza un reguetón/alabanza, mientras las setenta personas reunidas en el lugar se levantan de sus sillas en medio del sopor de un domingo por la tarde y se mueven despacio, sobre su sitio, siguiendo recelosos el ritmo de la música.

Lisbet García se autollama “Cristo”. Mejor dicho, “Cristo Lisbet”. Así le dicen quienes se congregan en la iglesia Rey de Salem, ubicada en Esmeraldas, entre Colón y Alcedo, centro de Guayaquil.

El local llama la atención por su fachada: en lugar de verse como una iglesia, muestra una imagen corporativa, como si se tratara de alguna oficina. En la entrada está la foto de Lisbet en una especie de saludo militar, con dos dedos sobre su frente. “Cristo es una mujer”, se lee a un costado.

Los inicios
No se puede hablar de Lisbet García sin mencionar al puertorriqueño José Luis de Jesús Miranda, el fundador de Creciendo en Gracia. Eran marido y mujer.

Entre las doctrinas más polémicas de esta secta está tatuarse el 666 y referirse a él como “Jesucristo hombre”, pues para ellos Miranda era “la encarnación de Jesús en estos tiempos”.

Los fieles de Creciendo en Gracia vivían con la mirada puesta en el 30 de junio de 2012. Esa era la fecha de la “gran transformación”, en la que “papi” (como hasta ahora varios se refieren a él) y todos sus creyentes tendrían un cuerpo incorruptible y podrían, según cuentan, atravesar paredes. Pero aquel día nada ocurrió y, unos meses después, Miranda enfermó de cáncer.

Ahora Lisbet no solo es su viuda, sino la líder de un movimiento que contradice casi toda la enseñanza inicial de Creciendo en Gracia, que quedó fracturada a raíz de la muerte de Miranda en noviembre de 2013. Para los seguidores de Lisbet, que antes adoraban a José Luis, “papi” es el anticristo.

Sin él, ‘Cristo Lisbet’ no existiría. Por eso el salón de reuniones de Creciendo en Gracia, ubicado en Clemente Ballén, entre avenida del Ejército y García Moreno, ahora luce tan vacío.

Es miércoles por la noche y a la reunión semanal, parecida a un culto evangélico, han acudido poco más de 60 personas. La imagen de él ha sido relegada casi por completo.

Visitar este lugar en 2012, meses antes de la supuesta “transformación”, significaba encontrarse con retratos de él en cualquier punto y escuchar constantes alabanzas, coreadas por centenares de personas, para las que el salón se quedaba pequeño y los ventiladores no abastecían.

-¿Por qué la imagen y figura de “Jesucristo hombre” ya no está tan presente?

-Porque físicamente él ya no está. Ahora está en “luz inaccesible”, oculto de nosotros, y porque la imagen física puede acarrear idolatría.

Diógenes Barros, que ronda ya la tercera edad y usa lentes oscuros, abrió la primera sede de Creciendo en Gracia en Guayaquil hace 27 años. El movimiento, que antes se extendía a casi 30 puntos del país, ya solo cuenta con unos diez y pocos feligreses en cada uno.

“Muchos se han ido con Lisbet”, admite Barros. Sus hermanas, que tenían 16 años asistiendo a su iglesia, también.

Fuente: extra.ec
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