McKenzie lleva mensaje a los jóvenes

Cristian Salazar Salas, mejor conocido como McKenzie, tiene 34 años y desde hace ocho entregó su vida al Señor, pero antes de convertirse en un hombre de Dios se portó muy mal.

A los 14 años comenzó a juntarse con malas amistades con las que empezó a cometer delitos como el robo de carros, casas, bajonazos, cobronazos, estafas con el gemeleo de tarjetas, e incluso hasta involucrarse con el narcotráfico.

Conocer a Gabriela Monge, quien hoy es su esposa, le permitió ir dejando atrás esa vida delictiva poco a poco.

"A ella no le gustaba que yo estuviera haciendo esas cosas, me preguntaba si no tenía temor de Dios, y yo la entiendo porque ella es una mujer seria y trabajadora por lo que no quería esa vida ni para ella, ni para sus hijos", explicó McKenzie con humildad.

Como Gabriela se mantuvo firme en su posición, a Salazar le costó convencerla de que había cambiado, pero luego de mucha insistencia finalmente lo logró y se casaron el 29 de agosto del 2009. Unos días después del matrimonio, el 15 de setiembre, poco después de regresar de su luna de miel, McKenzie tuvo que afrontar la prueba más dura de su vida, al recibir la llamada de su amigo Lito Pereira.

"Acabábamos de llegar a la casa cuando lo llamó su amigo. Yo le solicité que no me dejara sola y que cenáramos juntos, pero él se fue diciendo que solo lo iba a acompañar y que no me preocupara. Lo que no sabíamos es que el OIJ le estaba haciendo un seguimiento por drogas a ese amigo y les cayeron mientras estaban juntos", explicó Monge.

Para ellos, ese era el propósito que tenía Dios en su vida y debía, superarlo, aunque él ya estuviera bien portado.

"Gloria a Dios que yo caí por eso, porque si yo hubiera caído por algo de lo que yo hacía antes, probablemente ni estuviera aquí. Fueron ocho años de prisión los que me sentenciaron, aunque gracias a Dios solo tuve que cumplir cinco", recordó Salazar.

Predicador

El paso por la cárcel fue duro, pero decidió asumir una actitud positiva y empezar a enmendar sus errores.

"Le propuse a la directora un proyecto para enseñarles a leer, escribir, sumar, restar, multiplicar y dividir a los privados de libertad porque había un montón completamente analfábetas y fue tal el éxito que tuve 56 alumnos a mi cargo", nos contó Cristian orgulloso.

Luego su esposa le regaló una Biblia y como ya no tenía a sus amigos cerca, se comenzó a relacionar más con el Señor, al punto que fundó su ministerio dentro de la cárcel La Leticia, en Pococí, donde descontó su condena. Comenzó con dos personas, pero cuando salió asistían unas 50.

Al salir del tabo, hace cinco años, siguió metido con las cosas de Dios por lo que colabora con Enlace (televisión cristiana) y lleva su testimonio a otras iglesias. Además, todos los viernes va a las cárceles de La Reforma, Puesto 10 y Virilla, ubicadas en San Rafael de Alajuela, de mediodía a 5 p. m. para predicarles a los presos en el gimnasio o en algún salón.

También considera importante enseñarle a los más jóvenes a cómo evitar caer en el terrible mundo de las drogas y de paso evitar que terminen en una cárcel, por eso lleva su testimonio a colegios en todo el país.

Fuente: lateja.cr

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