“La guerra civil libanesa ya ha comenzado”




Un sol inmisericorde ciega la vista a la llegada de la mezquita Bilal Bin Rabah del barrio de Abra, situado en la ciudad sureña de Sidón. Los negocios están cerrados, no hay ni un civil en las calles y, en el interior de un vehículo blindado del Ejército, uniformados dormitan mientras, a menos de 20 metros, hombres encapuchados y con pertrechos militares custodian los accesos al templo donde oficia la oración el clérigo salafista Ahmad Assir, cuya violenta retórica contra Hizbulá alimenta la tensión bélica en el Líbano.

Ése se oculta la cara porque es el hijo del sheikh”, musita alguien en voz baja mientras saluda con un gesto a los combatientes, que devuelven el gesto con desinterés, la mirada fija en la familia sudorosa que evacúa sus pertenencias de su hogar, situado casualmente en la planta alta del edificio que alberga la mezquita. Impactos recientes de cohetes, granadas y fusiles de asalto desfiguran los muros de su vivienda, explicando la urgencia de la pareja y sus hijos por apilar sus muebles de estilo árabe –sillas doradas tapizadas en recargadas sedas, mesas de té de madera talladas- en el camión que acumula todas sus pertenencias.

El pasado martes, esa familia vivía momentos de pánico mientras esos mismos combatientes protagonizaban combates con su némesis del suburbio chií de Hareth Saida en los que fueron empleados cohetes, lanzagranadas y fuego automático. Y poco después de su partida, el mismo domingo, los mayores combates que haya presenciado Sidón desde la guerra civil se reanudarían en la misma zona, confirmando la necesidad de abandonarla.

Los enfrentamientos entre partidarios y detractores de la dictadura siria se han extendido a la tercera ciudad del Líbano, cuya estabilidad es clave para las tropas internacionales estacionadas en el sur del país, por primera vez desde que el conflicto sirio se derramó por las fronteras: otro escenario pero actores movidos por el mismo odio sectario y manejados por las mismas agendas de sus líderes. De hecho, tanto Hizbulá como el jeque Assir -los dos enemigos enfrentados-  han enviado hombres a Siria para combatir: el primero a favor del régimen y el segundo en contra deBashar Assad y, de esa forma, contra el Partido de Dios. Fue una época en la que ambos agentes preferían dirimir sus diferencias en territorio extranjero para preservar el propio, pero esos tiempos pasaron. Parecía cuestión de tiempo que Sidón se convirtiese en una suerte de pequeña Siria, y ese momento llegó el pasado martes, cuando una serie de incidentes de carácter personal derivaron en milicias en las calles y combates con artillería que sobrecogieron al Líbano.

Una tregua política y el despliegue del Ejército libanés –que cada vez se revela más ineficaz a la hora de proteger a un país en pleno colapso, con frentes abiertos en Hermel y Bekaa, al este, en Trípoli y en diferentes puntos de la provincia de Akkar, en el norte- parecían haber tranquilizado el explosivo frente hasta ayer, cuando los seguidores del jeque salafista atacaron con lanzagranadas vehículos militares iniciando unos combates que por el momento han costado la vida a 10 soldados y dos seguidores de Assir, y que ha dejado toda la ciudad secuestrada por la violencia. Los accesos a la mezquita donde se ha hecho fuerte la milicia de Assir han sido tomados por el Ejército, que trata de asaltar el lugar donde se esconde el jeque para proceder a su detención.
Una visita realizada el miércoles, horas después de los primeros combates, a Sidón daba un índice del potencial explosivo de la situación. En la mezquita Bilal bin Rabah Nader Sabagh, un asistente personal del sheikh, abría la ventana: frente a ella, a apenas 10 metros, varios disparos perforaban cristales y muros de un apartamento. “Es una guardería, los críos tuvieron que ser evacuados”, comentaba sin darle mayor importancia: las imágenes mostraban a niños en estado de pánico, abrazados unos a otros, en el vehículo militar que les sacó del área. Explicaban que la mecha fue un incidente personal, y que dada la tensión, cualquier episodio –desde una disputa verbal hasta un accidente- puede derivar en varias horas de combates como los que libraron los seguidores de Assir y los de Saraya al Muqawama –también conocida como Saraya al Defaa,brigadas de la resistencia o de la defensa, milicia no religiosa de Hizbulá formada por combatientes no chiíes afines a la organización-, y que se cobró la vida de Mahmoud Hashishoy causaron heridas a otras tres personas el pasado martes. Aquel día, como ayer, la villa de Sidón, 150.000 habitantes, quedó literalmente secuestrada por horas de combates que recordaban poderosamente la guerra civil libanesa y que parecen el preludio de lo que está por llegar.

“La situación va a escalar, como demuestra el uso de que ayer se emplease artillería semipesada”, predecía un sereno Assir en su domicilio. Recibe tranquilo, con la sonrisa que suele reservar para la prensa: su discurso, en privado, suele ser mucho más conciliador que el que reserva a sus seguidores, donde suele azuzar el odio sectario y, en los últimos tiempos, el odio contra el Ejército libanés. Pero esta vez el jeque no se muestra optimista. “La guerra civil ya ha empezado en el Líbano: la decisión de Nasrallah de entrar en Siria nos arrastró a la contienda”,dice Assir, quien considera que el Ejército –única institución nacional que aún logra que la ficción del Estado libanés no se desmorone- no representa los intereses del Estado, sino al Partido de Dios. “Las Fuerzas de Seguridad no sirven, trabajan para ellos: hasta los niños saben que reciben órdenes de Hizbulá”, dice el sheikh salafista con un gesto de desprecio reservado al que suele calificar de Partido del Diablo“Fueron desplegadas durante los enfrentamientos y se limitaron a mirar, no intentaron parar el bombardeo. Mientras, los seguidores de Hizbulá, Amal y Sarayya nos lanzaban B-6 y B-10”, dice en referencia a las piezas de artillería portátiles de fabricación soviética que se abatieron contra las cercanías de la mezquita en Abra, destrozando automóviles y causando daños en las viviendas. “Nos hemos prometido no permitir ninguna agresión más, venga de quien venga”, amenaza el salafista.

Assir osaba describirse como un ejemplo de moderación cuando “recibí llamadas de seguidores de todo el Líbano ofreciéndose a acudir en nuestra ayuda. Les pedí que se mantuviesen en estado de alerta. Si no les hubiese contenido, se habría extendido”. Sin embargo, ayer domingo animó el citado y sangriento ataque contra el Ejército libanés y pidió a los uniformados suníes que deserten de sus filas, retomando el sermón del viernes en el que afirmó que “el Ejército, especialmente el personal y los oficiales suníes, no deben llevar a cabo ninguna misión que dañe a sus hermanos suníes del Líbano y por la que tendrían que responder en el Día del Juicio Final”.
Si bien sus combatientes se cuentan por decenas más que por centenares, el potencial desestabilizador del jeque salafista es inmenso, como demostró que ayer simpatizantes cortaran carreteras en Beirut y Tripoli y que aún en la mañana del lunes prosiga el asalto contra el complejo donde se ha hecho fuerte el jeque. La ausencia de liderazgo político entre los suníes libaneses –su líder principal, Saad Hariri, no pisa el Líbano “por motivos de seguridad” desde hace dos años, si bien sigue percibiendo su sueldo como jefe de la oposición- está incrementando la popularidad de clérigos extremistas que no dudan en procurarse una milicia armada aprovechando el contexto anárquico que vive el Líbano.

En las últimas semanas, desde que Nasrallah presumiese en un discurso televisado de la participación de sus hombres en la guerra siria, los incidentes que pueden desatar una guerra civil abierta en el Líbano son diarios. Uno de los más serios fue el intento de asesinato del reputado clérigo suní Maher Hammoud, imam de la mezquita Al Quds y uno de los fundadores del Frente Islámico de Sidón, creada durante la invasión israelí para combatir al enemigo sionista. Hammoud es un aliado de Hizbulá, y esa alianza es vista como contranatura por los suníes más extremistas en el actual contexto de odio religioso.
“Mi intento de asesinato era una forma de iniciar el conflicto”, explica Hammoud en el despacho que ha habilitado en el amplio garaje de su vivienda, aprovechando la seguridad que ofrece el sótano en caso de bombardeos. Fundador del Frente Islámico de Sidón, que combatió contra la ocupación israelí en el sur del Líbano en los años 80, el nombre de Maher Hammoud ha asociado en las últimas tres décadas con movimientos como Harakat al-Tawheed al-Islami (Movimiento de Unificación Islámica) o Quwwat al-Fajr (Fuerzas del Amanecer). Su franca asociación con Hizbulá explica el interés por asesinarle: no sólo habría sido un ataque contra el grupo chií –hoy por hoy, visto como el enemigo global del Islam suní tras su desempeño en Siria- sino que habría sido una suerte de lección hacia los clérigos y movimientos suníes, minoritarios, que aún no han roto con Hizbulá.

Las fotografías que cuelgan de los muros de la oficina describen a la perfección sus simpatías políticas –Hammoud junto a Abdel Aziz RantissiNabih BerriHassan NasrallahYasir Arafat,Mohamed Fadlalah- y las imágenes del clérigo, con 30 años menos, al frente de una ametralladora, hablan abiertamente de su papel en la contienda. Entonces, Maher Hammoud luchaba contra Israel; hoy considera que la lucha es la misma, en la línea de la doctrina de Hizbulá que justifica su entrada en la guerra siria por la supuesta conspiración tramada por Israel y Estados Unidos para derrocar al régimen sirio que habría alimentado la insurrección popular.“Es muy posible que [mediante el intento de asesinato] Israel esté intentando entrar de una forma u otra. Los israelíes quieren esta fitna (conflicto religioso), son ellos quienes promueven la fitna mediante sus colaboradores. Y la forma más primitiva de provocarle es mediante un intento de asesinato”.
Uno de sus guardaespaldas fue quien le acompañaba cuando sucedió el intento de asesinato, a principios de junio. En su teléfono de última generación guarda un vídeo captado por una cámara de seguridad de la propia mezquita Al Quds, donde el sheikh recibe a Cuarto Poder, que muestra lo que podría haber sido su propia muerte. Dos hombres –Hammoud y él- caminan temprano en la mañana por la calle desierta cuando irrumpe un coche, del que asoman varias arma automáticas: disparan y desaparecen en pocos segundos. El incidente, que de haber terminado con la vida del sheikh podría haber desencadenado combates en todo el país, fue minimizado por Hammoud, consciente del potencial desestabilizador del mismo. “La ciudad entera habría explotado”, dice el guardaespaldas.
El clérigo resta importancia a la creciente tensión sectaria que se vive en el país del Cedro. “Los libaneses se han dividido, aproximadamente en los mismos porcentajes, entre quienes apoyan a la Resistencia y quienes quieren la caída del régimen sirio a toda costa, aunque eso implique que el poder caiga en manos de fanáticos y Siria caiga en el caos. En este contexto, Ahmed Assir busca excusas para su comportamiento inaceptable. Lo que ocurrió ayer fue un intento de dañar a la Resistencia para castigar a Hizbulá”, dice en referencia a los combates del pasado martes. Sin embargo, Sidón no parece comparable a Trípoli, principal frente libanés entre confesiones religiosas, dado que la demografía es diferente: se calcula que hay sólo un 11% de chiíes contra un 80% de suníes en una ciudad que fue gobernada durante años por la Organización del Partido Nasserista, suní y aliada con Hizbulá.
“No hay un historial de enfrentamientos entre suníes y chiíes, ni hay una separación geográfica”, estima Hammoud. “No hay ninguna fuerza capaz de convertir Saida en un campo de batalla”. Las cifras de hombres armados que se manejan son muy pequeñas: los cálculos más generosos hablan de 200 combatientes leales a Assir y de un centenar pertenecientes a las Saraya al Muqawama, una organización que parece diseñada para evitar implicar directamente a Hizbulá en enfrentamientos intra-libaneses.
“Saraya al Muqawama fue formada en 2008 como un instrumento de Hizbulá para poder perseguir sus objetivos sin emplear a sus hombres”, señala Bassam Hammoud, responsable en Sidón de Jamaa Islamiya, versión libanesa de los Hermanos Musulmanes que recientemente rompió, a costa de Siria, su alianza con Hizbulá. “Son bandas callejeras, no más de un centenar de personas, gente que antes delinquía con cuchillos y ahora lo hace con fusiles. Esos son los aliados de Hizbulá en Sidón”, dice en tono sarcástico. “Pretenden quedarse fuera de la fitna provocando un conflicto de suníes contra suníes”. 
Bassam Hammoud describía los primeros combates del martes como “el resultado de la acumulación de agresiones por parte de Saraya, compuesto por alcohólicos y drogadictos bien conocidos en Sidón, y la ausencia del Estado a la hora de asumir sus obligaciones. El poder político [de Hizbulá] y su cobertura militar les permite hacer cosas así. La lógica dice que vamos hacia la escalada, pero intentamos actuar como bomberos, apagando los incendios que provoca Hizbulá”.

Es difícil encontrar ningún atisbo de optimismo en las calles de Sidón. El mufti [máxima autoridad religiosa suní] Salim Sousan acelera los contactos con todas las partes para garantizar la tregua alcanzada tras los combates del martes pero que sucumbiría a la violencia el mismo domingo, después de la visita de Cuarto Poder: un ataque de los seguidores de Assir contra el puesto de control militar de Abra dejaba a cuatro uniformados y dos milicianos muertos, así como seis militares heridos.
Soussan recibe en su domicilio, rodeado de hijos y nietos, y explica que no es el primer incidente entre los seguidores de Assir y los miembros de Saraya. “Hace poco murieron otras dos personas, se ha derramado mucha sangre. Las cosas pueden ir a peor, pero no creo que haya posibilidad de guerra civil porque las dos partes trabajan para evitar una fitna que amenazaría la convivencia”.
“El intento de asesinato de Maher Hammoud estaba destinado a sembrar la fitna. Hoy en día, hasta la muerte de un pájaro puede provocar la guerra. No hay dudas de que hay una enorme tensión sectaria, de que hay un aumento en las armas que circulan, pero en Sidón no habrá un Jabal Mohsen y un Bab al Tabbaneh. Lo ocurrido fue sólo una nube negra”, asegura el mufti en referencia a los combates, que en el caso del martes enfrentaron a un barrio chií contra los seguidores del un clérigo salafista en un escenario que recuerda al que viven habitualmente las calles de Trípoli.

“Sidón se caracteriza por albergar a ciudadanos de múltiples sectas, por tener el mayor campo de refugiados palestinos, por acoger a 5.000 familias sirias. Aquí, las iglesias, las mezquitas y las husseiniyas [templos chiíes] se tocan en las calles. Nuestro principal valor es la unidad: nuestro principal enemigo es Israel, rechazamos el sectarismo y apoyamos a la Resistencia”, dice el mufti tras reflexionar por unos segundos. “Pero no somos una isla, somos parte de una nación y es lógico verse afectado por los acontecimientos regionales. Los libaneses no somos patrióticos, y nuestro carácter multicultural puede verse afectado por cualquier cosa”.

Por ejemplo, con la retórica de enfrentamiento religioso que se ha impuesto en el país. El mufti escucha el razonamiento y se revuelve, antes de levantarse. “Venga, quiero enseñarle algo”. En uno de los pasillos, una foto muestra a Sousan y su esposa con sus ocho nietos, críos sonrientes de corta edad: “Tres son suníes y cinco chiíes. ¿Ve por qué es imposible que nos matemos entre los musulmanes?”. Pero el clérigo conoce bien precedentes como Irak. “Esperemos que todo quede ceñido a los problemas políticos. Si el Estado se quiebra, si el Ejército se rompe y la gente se siente sin seguridad, la buscará dónde sea, como ocurrió en Irak. Y todos saldremos derrotados”.

Una de las incógnitas del frente de Sidón es si las milicias palestinas de Ain al Hilweh, donde cohabitan grupos islamistas radicales, se sumarían al bando suní representado por Assir. Los principales líderes de los mismos han descartado que semejante cosa pueda ocurrir, recordando que su lucha se ciñe a Israel y las consecuencias que tuvo su implicación en la guerra civil libanesa. Sin embargo, ayer el Ejército tuvo que responder con fuego a los disparos que salían de un puesto de control del campo. El presidente palestino exigió que las armas palestinas no sean empleadas en el Líbano, aunque su influencia sobre los grupúsculos radicales es nula.
“Los palestinos son muy conservadores en lo que se refiere a la seguridad y no van a intervenir en problemas libaneses”, estimaba Sousan, pero Ahmed Assir no compartía ese discurso. “Nos han ofrecido su ayuda y se lo agradecemos, pero la hemos rechazado. Por el momento, no los necesitamos. Si siguen los bombardeos, ya entraremos en otro nivel”, decía el jeque salafista.

En la mezquita enemiga de Al Quds, el guardaespaldas de Hammoud se revuelve ante la mera mención del nombre de Assir. “Assir y su milicia son pequeños como una cucaracha. Pero insisten en provocar la fitna a toda costa. Está loco. ¿Cómo puede creer que puede enfrentarse con la Resistencia?”, dice el guardaespaldas de Hammoud. “Es un caso excepcional que puede ser resuelto por el Ejército en cualquier momento”, apunta su jefe, Maher Hammoud, en referencia a un eventual arresto. “Ahora bien, su detención puede provocar una fitna”, reflexiona el imán en unas palabras que, días después, cobran un sentido especial. El actual asalto militar contra el jeque, aunque sea justificado, repercute en todo el país con despliegue de hombres armados y cortes de carreteras y todos son conscientes del potencial de un eventual arresto, y también de las consecuencias de permitirle que no pague por sus acciones. Nadie parece dispuesto a ceder, como explica Bassam Hammoud: “Queremos que el Gobierno asuma sus responsabilidades, pero al mismo tiempo debemos preservar la dignidad de Sidón. No permitiremos que se nos insulte”.
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