Peña Nieto ofreció a evangélicos acabar con la intolerancia religiosa


Como suele ocurrir en las campañas presidenciales, aquella tarde el candidato hizo una promesa desde un tono firme que no dejó espacio para la duda. Un viento dócil apenas movía las palmeras en La Hacienda de los Morales y el rayo de sol tocaba la piel, sin hacer daño. Era 1 de mayo y Enrique Peña Nieto comía con 40 líderes de denominaciones de las iglesias cristianas evangélicas de la República.

Los representantes de las agrupaciones no católicas con mayor presencia en el país habían sido convocados por la entonces Diputada del Partido Verde, Rosario Brindis, quien fungía como vínculo entre congregaciones religiosas y la campaña priista.

“Yo me comprometo a que, si llego a ser Presidente, habrá un enlace en Los Pinos con las iglesias evangélicas”, lanzó Peña Nieto al tomar el micrófono.

Luego, fiel a su costumbre de notariar sus compromisos, preguntó: “¿Dónde firmo?”

Quienes lo escuchaban coincidieron. Se dejó oír una respuesta unánime y espontánea: “Estamos entre caballeros. No, no, no. No es necesario firmar nada” y e volvió a oír una respuesta unánime: un aplauso. Una foto grupal selló el pacto.

La gráfica reproduce a un candidato de sonrisa leve, con las manos en las rodillas, en el centro de los líderes evangélicos del país.

Es la historia de una promesa –acaso la única- no firmada por Peña Nieto ante Notario Público. Esta es la historia de una promesa no cumplida.

En enero de este año, los líderes de las iglesias evangélicas –con unos 10 millones de fieles en el país- vieron con curiosidad que los funcionarios a cargo de la regulación de las asociaciones religiosas fueron nombrados en el gabinete ampliado y una vez más, ellos habían quedado sin representación.

Dos puestos clave en las instancias encargadas de la problemática de las asociaciones religiosas del país fueron otorgados a profesionales de la Universidad Panamericana; es decir, con formación católica. En la Dirección de Ministros de Culto fue nombrado Abraham Madero Márquez y la subdirección de Enlace había quedó a cargo de Celina Cosette García Rodríguez. Y en el resto del directorio, ningún perfil relacionado con los evangélicos.

“Sin conocedores de la problemática de las religiones no católicas en el Gobierno Federal, el Estado laico se tambalea”, resume Óscar Moha, uno de los dirigentes pastorales y estudioso de de los derechos humanos en conflictos de intolerancia religiosa en el país, al recordar los nombramientos.

De la oficina de enlace, la prometida por Peña Nieto el 1 de mayo en La Hacienda de los Morales, no había noticias. Ni visos, ni nada. De modo que los dirigentes evangélicos decidieron enviar una carta a Los Pinos para pedir el cumplimiento de la promesa de campaña. En su misiva, propusieron al Pastor Manuel Guzmán Pérez, del grupo Unánimes por México, como enlace nacional entre su Pueblo y el Gobierno Federal.

La Presidencia turnó la petición a la Dirección de Asuntos Religiosos de la Secretaría de Gobernación y la respuesta llegó en una carta sellada con el número AR-01/1255/2013 y firmada por Arturo Díaz de León, director general de Asociaciones Religiosas, con fecha del 30 de enero de 2013:

“En particular, le refiero que dentro de las atribuciones encomendadas legalmente a la Dirección General de Asociaciones Religiosas no se encuentra la de designar como enlaces para el Gobierno Federal, a personas de ningún sector de la población, inclusive del religioso, siendo que esta Unidad Administrativa únicamente se encuentra facultada para tomar nota de los nombramientos, separación o renuncia de representantes, ministros de culto y asociaciones al interior de las Asociaciones Religiosas debidamente registradas ante la Secretaría de Gobernación; lo anterior, de conformidad al artículo 26 de la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público y el artículo 17 de su Reglamento”.

¿DE QUÉ HABLARON LOS EVANGÉLICOS?

La tarde del 1 de mayo, 40 líderes denominacionales de las iglesias cristianas evangélicas de México contaron historias, muchas historias que compartían un ingrediente: la sangre. Porque las expulsiones, los despojos, los incendios, las batallas cuerpo a cuerpo, a machete limpio o bala llenan la línea de tiempo de su presencia en México.

En los años 80, el panorama ya era arisco. Se empezó a conocer de niños expulsados de las escuelas, de pastores emboscados, o casas y templos aniquilados por el fuego. Ante el caleidoscopio de crueldad, los gobiernos no hacían nada. Pero el drama era más complicado que un acto de impunidad porque, de hecho, ninguna autoridad estaba facultada para dirimir los conflictos por intolerancia religiosa.

Poco a poco, se hizo presente algo nuevo, más fuerte; algo que asustaba más: pueblos enteros de indígenas expulsados en batallas que duraban días. En Oaxaca, 400 evangélicos constituyeron una nueva localidad llamada Pueblo Nuevo en 1992, después de que fueron obligados a dejar el municipio zapoteco de San Miguel Aloapan, en el Istmo de Tehuantepec.

Ese mismo año, con la promulgación de la Ley de Asociaciones Religiosas, el Estado mexicano reconoció la presencia de las iglesias evangélicas en el país. Algunos conflictos de intolerancia empezaron a ser desenmarañados.

Hasta 2011 la Comisión Nacional de Derechos Humanos tuvo una oficina que atendió a víctimas de este problema encajado en México. Pero, a veces, el tiempo parece retroceder y desde 2013, esa instancia ya no existe, y en el catálogo de grupos vulnerables ya no se encuentra a los evangélicos.

La madeja de violencia por diferencia de credo en México continúa y encierra a muchos responsables, pero todos, invisibles. En este pedazo de realidad –en el que miles de hombres y mujeres son víctimas de violación de derechos humanos- no está presente el crimen organizado y sin embargo, la sangre también es el eje central. Y muchas veces, el desenlace es la muerte.

El pasado sexenio, el de Felipe Calderón, concluyó con 200 pleitos sin dirimir, según la Organización no Gubernamental “A favor de la Libertad Religiosa”. Esta organización tiene la prueba de 32 incendios de templos y a los evangélicos que resultaron despojados de sus tierras los calcula en más de 700.

El Reporte Internacional sobre Libertad Religiosa que elabora el gobierno de Estados Unidos cada año desde 1998, indica que en una década, el capítulo que concierne a México no ha cambiado. “Los gobiernos federal, estatal y municipal respetan la libertad religiosa, pero continúa la intolerancia y discriminación contra profesantes de religiones no mayoritarias, particularmente los evangélicos”, es el enunciado invariable.

El mapa de esta intolerancia muestra focos rojos en Chiapas, Oaxaca, Guerrero, Hidalgo Michoacán y Puebla. Las historias, pequeñas o grandes, al final corresponden a una guerra que pretende ser santa o en la que la fe es la motivación. Está la de aquella noche de septiembre de 2011 en Ixmiquilpan, Puebla, cuando 200 hombres y mujeres se congregaron afuera de la capilla de San Isidro Labrador y en pocos minutos, se hicieron turba. Al frente estaban el sacerdote Ascensión Benítez González y el presidente auxiliar Antonio García Ovalle.

La exigencia, en medio de la noche, sonaba clara: que los evangélicos se fueran del pueblo. Les dieron hasta el 12 de septiembre de 2011. Y surgió un grito: “¡Los vamos a crucificar!”. Todo quedó asentado en el expediente 1295/2011, interpuesto por la Iglesia Evangélica ante el Ministerio Público del municipio.

Ese mismo año, cincuenta familias de esa religión dejaron Tlanalapan, Puebla. No lo hicieron por gusto, sino porque cien personas emitieron un documento en el que proclamaron a la religión católica como única en ese municipio después de años de enfrentamientos.

Para solucionar el enfrentamiento, la Secretaría General del Gobierno del estado firmó el “Acuerdo por la Paz Social y la Gobernabilidad”. Hubo dos puntos de acuerdo principales: La reubicación del templo de los evangélicos y la remoción del párroco católico.

También está la historia de Otilia Corona Chávez, de San Nicolás Ixmiquilpan, Hidalgo. Sus restos permanecieron sepultados en el patio de su casa durante cuatro años. La autoridad le negó el panteón municipal. Era 2008 y si Otilia debía ser enterrada en el panteón fue discusión de un día en San Nicolás. Líderes católicos y evangélicos dialogaron ante representantes de la Dirección de Asuntos Religiosos. El acuerdo fue enterrarla en cualquier otro sitio. En el panteón municipal, no. Lo que siguió para los parientes fue sólo inquietud. En diciembre del año pasado lograron la sepultura junto a los otros muertos del pueblo.

En 2007, la muerte atrapó a Lorenzo López López, un pastor que visitó la comunidad de Jomalhó, San Juan Chamula, acompañado de dos familiares para saldar una deuda. Lo señalaron de predicar casa por casa. Lo ataron a la parte trasera de una camioneta. Sus familiares huyeron. Después lo encontraron enterrado en uno de esos parajes.

Por estas historias y otras, los pastores evangélicos se animaron a solicitar una oficina de enlace con la Presidencia de la República.

VOTOS PARA PEÑA NIETO

Su presencia en el país cada vez es mayor. De acuerdo con el Censo de Población y Vivienda del Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (Inegi), la iglesia evangélica ha crecido en forma exponencial a partir de 1990. Ese año, 4.9 por ciento de los encuestados dijo ser integrante de esa religión, para 2000 la cifra era de 5.2 y en 2010, 7.6 por ciento de los mexicanos admitió profesar esa creencia. Pero de acuerdo con los propios evangélicos que hablan para este texto, hay diez millones.

Es una cifra lejana a la de los católicos que alcanzan los 93 millones. Aunque, contrario a la curva de crecimiento de los evangélicos, el porcentaje del catolicismo va en descenso, según admite la Arquidiócesis de México en un documento dado a conocer en marzo del año pasado en las vísperas de la visita de quien fuera Papa, Benedicto XVI: en la última década, la población católica cayó de 88 por ciento a 83.9.

Cada vez más notorios, en la pasada contienda electoral los evangélicos asomaron sus rostros a la política. Desde el estrado de los templos, los pastores conminaron a votar. Integrantes de esta iglesia asistieron a por lo menos 200 eventos de Enrique Peña Nieto, según documentos en manos de SinEmbargo.

Una vez pasadas las elecciones, un estudio de su tendencia de voto, realizado por la oficina de Rosario Brindis –el vínculo con Peña Nieto durante la campaña- indicó que de 10 millones de evangélicos, 6.3 tuvieron posibilidad de sufragar y 4.3 lo hicieron por el candidato de la coalición del PRI-PVEM.

Incluso, algunos “coyotes cristianos”, como los llama el dirigente Óscar Moha, penetraron en las congregaciones, los templos o pequeños grupos recién organizados en torno a la fe evangélica para ofrecer material de construcción a cambio de listas de electores que comprometieran su voto.

Este trueque ocurrió a lo largo del país, pero el proyecto Daniel en Jalisco se convirtió en emblema. Un pastor identificado como Albino Galván ofreció 47 mil 200 empleos a cambio del compromiso del voto a favor de Peña Nieto y en un evento público le entregó listas de credenciales de electores a Aristóteles Sandoval, en ese momento candidato al gobierno del estado (como publicó Sin Embargo el 11 de julio de 2012).

Otros, lo hicieron con convicción. Peña Nieto fue el único candidato que se acercó a ellos de manera pública. En Villahermosa, Tabasco, mientras se celebraba una reunión de pastores, el suspirante tenía una reunión en el parque central y en un acto espontáneo, se desprendió del evento para ir a saludar de mano a cada uno de los evangélicos.

EL PRESIDENTE CATÓLICO

Las cosas han cambiado. Evangélicos entrevistados en todo el país coinciden en que para aliviar la intolerancia, la oficina de enlace es una esperanza, la única que han abrazado en décadas. Pero cada vez, tienen menos elementos para pensar que se constituirá.

Los evangélicos consideran que el perfil del Presidente dibujado en el terreno de la fe es nítidamente católico. Creen que ello, como en el pasado, los puede dejar en la marginación.

Según el investigador Bernardo Barranco, presidente del Centro de Estudio de las Religiones de México, las señales que hasta ahora ha enviado el Presidente es que el país está, en efecto, ante un Presidente católico.

El pasado 19 de marzo, en la asunción de Jorge Mario Bergoglio como nuevo Papa, Enrique Peña Nieto se convirtió en el primer mandatario emanado del PRI en atender una misa con investidura de estadista.

Jamás fue de otro modo. Todos sus biógrafos lo vinculan a la religión católica. En varios libros ha quedado asentado que en Atlacomulco, sus padres, María del Perpetuo Socorro Ofelia Nieto Sánchez y Enrique Peña del Mazo, acudían junto con sus hijos cada semana a misa.

Los títulos académicos de Enrique Peña Nieto se encuentran en instituciones confesionales, desde el Colegio Plancarte de Atlacomulco, de las monjas de la orden Hijas de María Inmaculada de Guadalupe, hasta la Universidad Panamericana donde cursó Derecho.

Su árbol genealógico se ramifica hacia dos obispos. Por un lado Maximino Ruiz y Flores (1875-1949), doctor en teología dogmática y gobernador de la Curia Metropolitana y por el otro, Arturo Vélez, el primer obispo de Toluca.

Como Gobernador del Estado de México, Peña Nieto formó una oficina especializada de enlace y atención para los 14 obispos católicos mexiquenses, a cargo de Roberto Herrera Mena. A través de esta instancia les brindó atención especial, incluso con aeronaves para sus traslados.

En 2009, Peña visitó al papa Benedicto XVI para presentarle con grandes reflectores a su futura esposa Angélica Rivera. Y cuando el renunciado pontífice visitó Silao, Guanajuato, en marzo de 2012, Enrique Peña Nieto atendió su misa.

LA FOTO FINAL

Celebrativos, unidos por un pacto de caballeros, Peña Nieto y los líderes evangélicos se tomaron una foto el 1 de mayo de 2012 en La Hacienda de los Morales. Con excepción de dos, los pastores aparecen en traje, pero sin corbata. Rosario Brindis les había pedido formalidad. Pero cuando Enrique Peña Nieto estaba por llegar, alguien les solicitó relajarse. “Es mejor que se quiten la corbata”, les dijo.

Había una noticia: el candidato iba con chamarra y pantalones negros, en el llamado estilo “sport”.

La mayoría hizo caso; pero Abner López, de la Sociedad Bíblica de México, dijo algo que instaló en el ambiente un poco de desesperanza: “Yo no me quito la corbata, y no creo que aquí vaya a pasar algo importante”.



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