Miles de cristianos ortodoxos celebran la Epifanía a orillas del Jordán


Religión/ABC.es. Como cada año, la delicada ubicación del lugar -en la frontera entre Jordania y el territorio palestino de Cisjordania, ocupado por Israel- impidió a los fieles sumergirse en el bíblico río, pero no quitó devoción al momento, donde proliferaron las oraciones, cánticos religiosos y bailes.
En cambio, el frío y la lluvia, recién llegados a la zona tras semanas de clima casi primaveral, sí desmotivaron a muchos de ducharse o sumergirse en las piletas llenas de agua del Jordán.
Aunque muchos de los participantes habían llegado desde distintos puntos del planeta, también había palestinos cristianos -que siguen sobre todo el rito oriental- e israelíes que emigraron al país al poseer al menos un abuelo judío pero reconocen a Jesús como el Mesías.
Se trata de seguidores como el ortodoxo ruso, greco-ortodoxo, armenio, copto, sirio o etíope, que celebran la Epifanía el 18 y el 19 de enero, a diferencia de la Iglesia Católica romana, que lo hace el 6 del mismo mes. Griego, ruso, amárico, árabe, hebreo... la ribera del Jordán se llenó de colores y lenguas en un ritual que comenzó en el pequeño Monasterio de San Juan, a cientos de metros del río, con una misa oficiada por el patriarca greco-ortodoxo de Jerusalén, Teófilos III.
"Doy gracias a Dios por permitirme venir aquí. Esto es algo con lo que siempre había soñado y ahora he logrado vivirlo. Es una gran bendición", dijo Cosmos Cokinos, un australiano de 19 años y origen greco-chipriota que visita Tierra Santa por primera vez.
"La Epifanía en la iglesia Ortodoxa es una celebración muy lejana a la Navidad, con sus ángeles, su Santa Claus y sus estrellas... está muy cerca en el tiempo, pero muy lejos en espíritu", subrayó.
Kibrón, un eritreo de 35 años que vive en Israel con estatus de refugiado, no duda en definir el momento como un "regalo" de Dios para endulzar una "vida difícil".
El lugar, donde la tradición no sólo sitúa el bautismo de Jesús, sino también la entrada en la Tierra Prometida por el pueblo de Israel y el ascenso al cielo del profeta Elías en un carro de fuego, está rodeado de minas y es considerado por Israel zona militar cerrada desde que lo tomó en la Guerra de los Seis Días, en 1967.
Israel, que restringe el acceso al lugar a visitas concertadas cuatro días por semana, pretende ahora abrirlo de forma permanente para promover el turismo religioso, una de sus apuestas económicas.
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